Junio es el mes del Pride. Un mes de banderas multicolor, de desfiles y carrozas, pero también de charlas y de artículos como este. Un mes para visibilizar, recordar, celebrar y reivindicar; pero sobre todo un mes necesario porque todavía existen algunas voces que lo ponen en duda, “¿no habéis conseguido ya suficientes derechos?”, desgraciadamente la respuesta es no y la realidad nos demuestra, cada año, que la igualdad legal no significa igualdad real, y que los retrocesos también existen.
Celebrar el Pride no es una excentricidad ni una moda de jóvenes y modernos. Es un acto político y cultural que honra a quienes nos precedieron en la lucha, desde Stonewall hasta los activistas actuales, y que da voz a quienes aún viven en entornos hostiles. En 2025, todavía hay personas expulsadas de sus casas por su orientación o identidad. Todavía hay leyes que discriminan, discursos anacrónicos, terapias de conversión o organizaciones que se limitan al rainbow-washing sin asumir compromisos reales.
Y lo más alarmante: los derechos que creíamos consolidados empiezan a tambalearse. En Estados Unidos, más de 500 proyectos de ley anti-LGBTQ+ se han presentado en los últimos dos años, muchos de ellos dirigidos directamente contra las personas trans. Algunos estados han aprobado normativas que prohíben el acceso a tratamientos médicos de afirmación de género o impiden hablar de diversidad sexual en las aulas. En el Reino Unido, el discurso político se ha endurecido peligrosamente, especialmente en lo referente a las identidades trans, con recortes en el acceso a servicios básicos y una retórica que ha normalizado el rechazo.
En Italia, el gobierno actual ha bloqueado políticas de reconocimiento familiar para parejas del mismo sexo, eliminando el nombre de la madre no biológica de los certificados de nacimiento. Y en Hungría, país miembro de la Unión Europea, el Parlamento aprobó en 2021 una ley que prohíbe hablar de homosexualidad y transexualidad a menores en espacios educativos o mediáticos. Este año, 2025, las autoridades locales han prohibido la celebración del Pride en Budapest, algo que resulta inconcebible dentro del marco europeo de derechos humanos.
Es por todo ello que este año, más que nunca, no podemos bajar la guardia. Los derechos adquiridos no son garantías perpetuas. La historia nos ha enseñado que lo que se logra con esfuerzo y movilización puede deshacerse de un plumazo. Así pues, la visibilidad, la lucha y la voz colectiva son nuestra mejor herramienta para parar ese retroceso.
Pride es memoria, es resistencia, es visibilidad. Pero también es alegría, es comunidad, es futuro. Mientras haya lugares donde amar sea motivo de castigo, mientras haya personas silenciadas o invisibilizadas, mientras haya retrocesos disfrazados de neutralidad, seguiremos saliendo a la calle, colgando banderas y escribiendo artículos como este.
Y ahora, si os preguntan “¿Por que los gays siguen celebrando el Pride cuando ya consiguieron sus derechos?“ espero haberos dado suficiente información y datos como para contestar amablemente a quienes no entienden que la lucha no ha terminado.
¡Feliz Pride a todo el mundo!
Antoni López Badell. DEI Specialist, HR Strategist, Certified Mediator, Leadership & Management Transformation
Partner de Ready for People
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